
Estoy intentando camuflarme en la funda del sofá ¿me veis todavía? Siempre que hago alguna travesura me suele esconder debajo de alguna cama, pero estoy investigando nuevos métodos de escaqueo. Sí, habeis leído bien, muy de vez en cuando, organizo alguna trastada, pero creo que es cosa del instinto, que me puede. Recordaré alguna de las más memorables: Una vez, O., el hermano menor de JM, estaba a punto de comerse uno de esos impresionantes filetes con patatas y salsita en vino que le prepara su madre V. Yo sufría como fan quinceañera ante las proximidades de algún Bisbal, pues sabía que, como siempre, no iba a darme nada, e iba a hacerme rabiar diciéndome eso de "¡Humm, qué bueno está, quequi!". Entonces llamaron a la puerta, y O. se levantó a abrir dejando, fatalmente para él, la silla algo despegada de la mesa. Lo vi todo rojo, como se dice, y antes de que yo misma pudiera darme cuenta, me vi encaramada en la mesa bebiéndome casi los filetes, y algunas patatas en el trayecto. Cuando lo sentí de vuelta, salté rápido hacia el dormitorio, donde me escondí debajo de la cama. Creo que los gritos debieron oírse en Sebastopol, y me pusieron de todo menos de bonita. Ahí escondida estuve casi todo el día, pero ¡ay! al final tuve que salir, y la tanda de cates en el culo no fue pequeña (aparte de merecida, lo reconozco); en otra ocasión, me monté en la cama de A., la hija de L., que también me hace rabiar a veces (¿Por qué ella tiene cama y yo no?) quitándome cosas, y le dejé unas "gotitas", no precisamente de perfume. En este caso, los gritos subieron varias octavas, y me atrincheré bajo otra cama esperando que se calmaran los ánimos. Bueno, debo deciros que entonces era más niña y más loca, y ahora no haría esas cosas malas (pero por si acaso sigo practicando con el camuflaje). Guau.