
A casa de V. ha llegado una carta del centro veterinario comunicando que corresponde hacerme la revisión anual. V. no quería llevarme, pero JM ha insistido y ha llamado por teléfono para pedir cita ¿Por qué tanta prisa?¿me ocurrirá algo? La verdad es que ya no soy una niña... y que no me gusta ir al veterinario. Allí te encuentras con dueños y mascotas con cara de circunstancias en una pequeña salita donde no puedes ni ladrar a gusto, y donde unos y otros se miran de reojo y se estudian con envidia o satisfacción más o menos disimulada. La última vez que fui allí recuerdo haber visto en el mostrador a una señora que pagaba mientras le devolvían vacía una de esas cajas que sirven para transportar mascotas. Le caían por las mejillas esas gotas que los humanos llaman lágrimas, y aquello me inquietó mucho. Espero que no me ocurra a mí nunca nada parecido.
Recuerdo la historia de Cu., la antigua perra de L. que vivía con su madre. Aquella se volvió maniática (la perra) y mordía a todos los que se acercaban a la madre de L. Como ésta no podía cuidarla por su estado de salud y la perra no soportaba estar con nadie más, la llevaron un día al veterinario y... me estremezco de sólo pensarlo. Escuché una vez a JM diciéndole a L. , medio en broma medio en serio, que no iba a permitir que nunca me llevaran a mí al Auschwitz de los perros. ¡Qué horrible lugar será ese! Espero que JM siempre esté aquí para protegerme... aunque él también cae enfermo. L. estuvo una época advirtiéndole porque en los análisis le había salido "colesterol" y eso era peligroso. Estuve un tiempo olisqueando la casa, pero no encontré ni rastro del tal colesterol. Para mi mayor confusión, decían que había uno "bueno" y otro "malo". Me da igual, al que hubiera encontrado le hubiera mordido los zancajos por hacer daño a JM.
Bueno, me consuelo un poco viendo que tengo una nueva seguidora, una gata malagueña llamada Maile ¡Bienvenida, querida amiga!