
Como cada febrero ha vuelto el carnaval. A JM no le gusta demasiado; sin embargo, a L. le chifla, por lo que me veo entre la espada y la pared. Es cierto que hay inconvenientes, como la turbamulta de gente, que no me dejan dar el paseíto con tranquilidad, y que me hacen la competencia en cuanto a mear por las esquinas (y también en lo que se dice en lo de estar como una perra en celo; si no, fijáos en cómo han cambiado el letrero de un banco, donde, que yo sepa, sólo dan -o quitan- dinero -ya sabéis, esos insulsos papelitos que llevan los humanos a todas partes, ¡y luego dicen que yo estoy muy apegada a mis juguetitos!); pero no dejar de ser verdad, asimismo, que guarda cierto encanto, sobre todo para mi agudo olfato: ayer, al pasar por la calle de JM, me vino una incomparable mezcla de olores entre chicharrones fritos y meados que me dejó extasiada por su novedad, y en otro lugar, vimos salir a unas extrañas figuras de una casapuerta, y L. dijo: "¡mira, son los mojones!", y se acercó a ellos para felicitarlos por su actuación en el Teatro Falla, y decirles que habrían merecido el primer premio (quizás fue demasiada la tentación para el Jurado el decir: "un mojón pa ti"). Los zurullos de tamaño humano le dieron las gracias, y se alejaron calle abajo como si tal cosa. Lamentablemente, JM no me dejó acercarme a ellos para olerlos, y darle la razón o no a L. Ya estaba acostumbrada de otros años a los hombres pollo, que vuelven como las golondrinas, pero esto ya... en fin, ¡feliz carnaval! Guau.
