
JM ha perdido otro medio kilo en una semana, y está que no hay quien lo aguante (no sé si creerá que lo van a llamar para la pasarela Cibeles). Así que he decidido emplear artillería pesada; dicen que en el amor y la guerra vale todo, y ha llegado el momento de la verdad. Quizás diréis que soy muy cruel y muy perra (en esto último no os voy a quitar la razón), pero debo actuar con contundencia. La carne de venado era la favorita de JM, pues dice que es muy jugosa y tierna, a la par que sabrosa.
No me voy a referir al plato que véis en la foto, y que es la única que le he podido birlar a JM (ya sabéis de mi horror vacui en cuestiones gastronóminas), sino de algo más sustancioso. Él hablaba en ocasiones de unos tiempos anteriores a mi nacimiento, tiempos que se me antojaban míticos y pantagruélicos o gargantuescos, mientras le escuchaba contar cómo en un pueblo de la provincia de Jaén en que trabajó, Baños de la Encina (que debe ser una especie de Paraíso en la tierra), le servían en un mesón, y como si tal cosa, un plato ancho como mi hambre lleno hasta los topes de venado en adobo (¡eso sí que debía ser un monte de la felicidad!). Según contaba esa carne se le deshacía en la boca, y los mendrugos de pan de campo de que se acompañaba quedaban impregnados de una aromática salsa que era un placer paladear. ¡Cómo pueden cambiar tanto las personas! ¿No resultamos más razonables las perritas como yo? Guau.
Vaya, tengo una nueva seguidora, Atenea, ¡sé bienvenida!

Última hora: hoy han invitado a JM y a L. a una barbacoa, así que tendrá que saltarse la dieta, o quedar como un carajote. Seguiré informando.













