A pesar de la crisis, llegaron finalmente los Reyes y... sus roscones. JM tuvo que levantarse temprano como si fuera al trabajo, y comenzar una ronda por la ciudad con L. y A., visitando niños y dejando regalos, al par que probando roscos. En casa de las pequeñas C. y A. había un enorme rosco traído de Medina Sidonia con tanta sidra que había que tomarlo con cuchara (obsérvese que pese a ser madrugador nunca llegó a encontrar un rosco incólume). A JM le tocó el haba, aunque no lo proclamaron rey, pues está últimamente muy republicano.
Las niñas, entretanto, se lo pasaban pipa en una casa de princesas que les habían traído;
éstas tuvieron la consideración que pedirles a sus padres que les dejaran a los camellos de los Reyes agua y cáctus para que se recuperaran; a falta de cáctus, pusieron un pepino, y he aquí la prueba de su paso.
Después de saciar la sed que les dio el rosco, se fueron a casa de V., a la que L. llevó una rica ensaladilla y un paté de cabracho que había preparado,
y donde JM pudo probar sendos roscos de trufa y nata.
En cambio, yo estaba solita en casa de JM, ya que el pequeño C. sigue siendo alérgico a los canes, y me tuve que conformar, como siempre, con quedarme... mirando. Guau.
























